De la Herida a la Conversión
El 20 de mayo de 1521, la bala de un cañón quebró la pierna derecha de Ignacio de Loyola durante una batalla en Pamplona, España.
Le dejó tan maltrecho que se temió por su vida por varias semanas. La bala hirió no sólo su pierna, sino también sus sueños de gloria y grandeza; fue el momento de su fracaso.
Al cumplirse ahora los quinientos años de ese fracaso, los jesuitas y todos los que se inspiran en la espiritualidad de su fundador, celebran un año especial.
No se trata de celebrar la herida, ni el fracaso en sí, sino de celebrar la herida como un camino a la conversión y como una oportunidad de ver nuevas todas las cosas en Cristo.
La herida confinó a Ignacio durante varios meses a la cama. Poco a poco iba mejorando y volviendo los viejos sueños de ganar honra en la batalla y de enamorar a las mujeres más bellas. Aburrido, pidió algunas novelas para leer. Pero los únicos libros que se encontraron en la casa fueron Vida de los Santos y Vida de Cristo. A falta de otra ocupación, Ignacio se puso a leer y comenzó entonces a soñar con un nuevo ideal. Se imaginaba siguiendo a Cristo y realizando las hazañas de San Francisco de Asís, de Santo Domingo y de otros santos.
Los sueños se intercambiaban: un día pensaba en ser un caballero admirado; otro día se veía siguiendo a Jesús. De repente, notó una diferencia. Cuando pensaba en ser un héroe en el mundo, se sentía muy contento y feliz, pero después se quedaba seco, vacío y descontento; cuando se imaginaba peregrinando a Jerusalén y haciendo obras grandes por amor a Jesús, la alegría y felicidad permanecían.
Así aprendió una primera lección de discernimiento y comenzó a poner a Cristo en el centro de su vida.
En esa lección, la herida fue determinante. El Ignacio que se creía fuerte y autosuficiente, con la herida aprendió que era débil y necesitado de los demás. Luego de recibirla, fue cargado de Pamplona hasta su casa en Loyola y por días se debatió entre la vida y la muerte. Al sanarse, una pierna quedó más corta que la otra. La vanidad hizo que pidiera operarse otra vez la pierna, porque se encontraba feo. Pero fue en balde: quedó cojo para el resto de su vida.
A Ignacio le costó mucho asumir su propia fragilidad.
La herida se convirtió en una escuela de paciencia y de humildad, un lugar donde aprendió de Cristo, porque Cristo mismo fue débil y herido en la cruz.
Ignacio tuvo que pasar por el fracaso para aprender que no era él quien podía realizar obras grandes, sino Dios.
Ignacio comenzó a orar: "Dame tu amor y tu gracia, que ésta me basta".
Vivimos en un mundo herido.
La pandemia, las divisiones sociales, la corrupción, la violencia, la destrucción del medio ambiente son solo algunas de estas heridas que no nos pueden dejar indiferentes. Nos invitan a una conversión, a un cambio y a una reconciliación con la creación, con los demás y con Dios.
Todos cargamos también con heridas personales. Siempre la herida nos confronta con nuestra propia debilidad y esto se puede convertir en una gracia.
La gracia de saber que necesitamos ayuda, necesitamos al otro y, sobre todo, necesitamos que Dios nos regale su amor. Este amor que san Ignacio encontró en Cristo puede sanar nuestras heridas más profundas. Este amor es perdón y nos enseña a perdonar.
No somos invulnerables, y la invulnerabilidad no es un ideal cristiano. El que entra a la batalla de la vida nunca sale ileso. Dios mismo se ha hecho vulnerable al nacer de la Virgen Maria. Lo que lo hace vulnerable es el amor; quien ama es vulnerable.
Ignacio era un gran amante. Antes de su conversión, estaba locamente enamorado de su gloria, de sus sueños de grandeza y delirios de éxito. Después de su conversión amaba aún más, pero ahora a Jesús y, en Él, a todo el mundo y a toda la creación, buscando y encontrando a Dios en todas las cosas.
Casi un año después de ser herido, Ignacio fue al santuario de la Virgen de Monserrat y, delante de ella, colgó sus armas.
Las armas servían para herir a otros; al igual que muchas veces nosotros con nuestras heridas herimos a otros.
Señor, no permitas que la herida en mí se convierta en miedo, desconfianza, resignación, agresión o amargura. Haz que se convierta en una gracia, la gracia de conocer mi debilidad, de comprender cómo te necesito a ti y tu misericordia, y que me hacen falta los demás.
Señor, que no tenga miedo de las heridas; que no me canse de la luchar y de trabajar por el bien; pero, sobre todo, que no me canse de amar.
Que ame sin miedo a ser herido. Quiero aprender a ser vulnerable como tú, que fuiste herido por amor a este mundo.
-P.Martin Lenk, sj.
Extraído de: Revista Rayo de Luz, artículo de luz. Septiembre 2021. Santo Domingo, República Dominicana.

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